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La accesibilidad ha hablado

Marisa Bishop
Marisa Bishop

Apasionada de la lectura, escribir y viajar.
Bloguera en crecimiento, y defensora de la igualdad y visibilidad de las discapacidad en toda su magnitud.
Desarrollando blog:
https://letrasaciegas.com

Viajar a ciegas no es viajar a tientas.

¿Quién no ha dicho o se ha dicho alguna vez «¡guau, me encantaría viajar allí!» ante la puesta en escena de un paraje o paisaje o festividad en una película? ¿Y cuántos de vosotros no habéis creído que quienes no ven lo tienen más crudo y, «ay, pobres», difícil y casi imposible? Dejemos hoy que hable entonces la accesibilidad y afirme y reafirme que sí, viajar es también cosa de ciegos.

Una fiebre en auge.

Sí, a nadie le amarga el dulce de regresar a casa, tener un hogar seguro y familiar donde dar rienda suelta a nuestras manías y costumbres, un punto fijo de retorno donde volver a estar a nuestras anchas. Pero si algo hay que agradecer a Hollywood es la mirilla a otras partes del mundo que esboza cada uno de sus filmes, un descubrimiento al que Internet, con su búsqueda y exploración personalizada y sus múltiples ofertas y descuentos, se ha dado prisa y maña para favorecer. Toda una fiebre en auge.

Admitámoslo. El simple hecho de viajar ya es una lluvia de beneficios tanto sociales como psicológicos, un alimento nutritivo al desarrollo personal y cultural… una fiebre apta para todas y todos, accesible tanto a ciegos como a no ciegos.

Al Váter los Prejuicios.

No son pocas las veces que me han preguntado el por qué me gusta viajar, siendo que no veo. Eso, claro, los más tímidos. Los que no tienen pelos en la lengua me dicen, directamente, que es una pérdida de tiempo y de dinero ir a museos y templos y cuevas prehistóricas y otros sitios visuales e históricos, cuando no veo ni tres en un burro y está claro, por tanto, que no lo voy a disfrutar igual que los… umm, ¿cómo los llaman…? ah, sí, «videntes». Un pensamiento que no es exclusivo de quienes no tienen invidencia, sino también de los propios ciegos, lo que es aún más triste.

¿Sabéis qué?

¡Que no os corten las alas o, mejor dicho, el bastón!

Sí, soy una persona invidente a la que sí, también le gusta viajar.

Le gusta. Y quiere. Y a veces puede. Y no se pone límites del tipo «no veo, por tanto no puedo». Viajar no tiene nada que ver con… ver. Es cosa de sentir. Ni más, ni menos. Es perseguir una vivencia y no una imagen, alcanzar una felicidad, cueste lo que cueste. Es trasladarse al sitio, física y mentalmente. Es respirar el ambiente, disfrutar el momento y lugar, llenarse los sentidos de su peculiaridad.

Y no importa qué grado de dificultad visual tengas.

Del mismo modo en que no importa qué clase de viajero eres. Lo sé, que no a todos les gusta la historia encerrada en museos y yacimientos.

También hay quienes huyen de los sitios turísticos y prefieren percibir el auténtico pulso de la ciudad internándose en el día a día de pueblos y aldeas, abrir su mente en los mercadillos semanales o plazas más sencillas o calles menos concurridas. Gente que opta por culturizarse en discotecas, bares y festividades, para quienes tomar el sol en sus playas o dunas o lagos o parques y parajes naturales es el máximo umbral de lugares icónicos que desean visitar, o para quienes saborear los productos típicos o los platos especiales es su mejor modo de conocer el pasado y las creencias y tradición del destino visitado.

Se esté en un grupo u otro, viajar a ciegas no es viajar a tientas. Porque somos conscientes en todo momento de lo que nos rodea. ¿Que en cualquier momento te puedes perder? Seguro, pero como le pasaría a cualquiera; acabar dando mil vueltas antes de llegar a una plaza o casa, por ejemplo, en un país o ciudad que no es la tuya es el tropezón de todo viajero, caramba. ¿Que no disfrutas igual? desde luego, pero sólo en el modo. En la intensidad y la entrega y la diversión… ninguna diferencia.

Viajar sin ver es darle rienda suelta al resto de sentidos.

Tocar hasta el hartazgo, oler sin nunca embotarse, oír hasta el silencio, degustar la vida. ¡Porque conocer gente y realizar las actividades de ocio no están reñidas con el hecho de tener una vista en permanente huelga! Y si de paso alguien nos hace una descripción de todo lo visual… ¿dónde está el impedimento, decidme?

Viajar es una de las siete maravillas del alma.

Y no necesitamos tener un par de ojos para experimentarlo, para vivir aventuras y cosechar recuerdos.

Jo. Es que la posibilidad de explorar el mundo no debería tener ni edad ni condición social ni estar sujeto a discapacidades, del mismo modo en que no es potestad únicamente de rubios o chicos o gente alta. La tendencia esa de planear millones de viajes después de jubilarse es, francamente, una excusa. Recientemente hablábamos de derechos y libertad e igualdad de oportunidades para todas las personas con discapacidad, y ciertamente viajar es una actividad que le tiende la mano e invita a todos, y pasa olímpicamente de las discriminaciones, donde las únicas limitaciones son el dinero (a veces) y nuestros propios miedos (mayoritariamente).

Abajo las adulaciones.

No lo digo para que me llaméis valiente (ni se os ocurra) ni para que penséis que estoy loca (eso tal vez sí… pero por otras causas, ejem). Lo digo porque viajar es una pastilla para estimular la mente, ya sea uno sordo o ciego o tetrapléjico, ya tenga uno síndrome de Down o dislexia o autismo. El viajar es muy democrático, pues no entiende de distinciones. Y las personas con ceguera (u otras discapacidades) que lo hacemos no somos héroes, sólo viajeros normales y corrientes, que desean estar igual de integrados y pasar desapercibidos, sin provocar lástima a los demás ni despertar admiración al pasar.

Viajar es una inversión, realmente.

Pensadlo. Al salir de la zona de confort nos obligamos a poner en práctica nuestras capacidades en los nuevos ámbitos, lo que permite que nos conozcamos aún mejor, que confiemos más en nosotros mismos, una exploración interna que poner después al servicio de nuestros planes y propósitos personales y profesionales. Una inversión al buen hábito que en muchos es un vicio, un vicio que ni es insano ni hace daño a nadie, la adicción más productiva y aventurera y enriquecedora y menos letal del mundo.

No soy una viajera empedernida (todavía) pero algún día, sí, quiero llegar a serlo. De hecho, he de confesar que esta fue una de las razones por las que estudié periodismo. Y es que para mí viajar es sinónimo de motivación y entusiasmo, relajación y autodescubrimiento. Un chapuzón a otros climas y culturas, pero también a socializar y practicar el don de gente. Si existe una mejor cura contra el tedio y la monotonía y el estrés, personalmente, no lo conozco.

¿Cuántos viajes he hecho hasta la actualidad?

No es que haya estado en mogollón de sitios, la verdad. (Qué más me gustaría). De hecho, hasta hacía poco me limitaba a viajar desde el sofá, con el libro en la mano o la música en los oídos o mediante la película de turno. También he ido a un montón de campeonatos (de atletismo, principalmente) pero ahí sólo visitaba el hotel y las pistas de velocidad, así que bah, no cuentan. Pero escribiendo el artículo hice recuento de destinos y oye, a enumerar con los dedos de una mano llegan. Felicitadme. ¡Ya es algo!

He estado en Sevilla, como bien sabéis. En la Alhambra de Granada, en los baños árabes de Cádiz, en Las Palmas de Gran Canarias, en la Mérida más romana, en el Gandía más valenciano, en un Estrasburgo muy frío y muy norteño de una Francia en pleno agosto, en el Lisboa más eurovisivo. Sin olvidar Murcia o Vitoria o Tarragona o Alicante o Guadalajara o Toledo o La Rioja o Galicia… tengo casi cubierto el mapa de España, ciertamente.

Pero si queréis que os diga la verdad, el viaje que más me ha marcado fue, sin duda alguna…

Malta: La Isla del Sinmiedo.

O así nombré mi experiencia en el país de la cruz de ocho puntas y la Orden Hospitalaria de San Juan. Fui esta primavera, en mayo, a aprender inglés. Tres meses increíbles braceando en el corazón del Mediterráneo, en una isla llena de coches y tráfico caótico y personas geniales como los amigos de Vivirmalta.com, donde, una cosa es segura, saldrás con una larga lista de experiencias que contar.

No es un país tan accesible y adaptado como España, por ejemplo, pero se puede ir y disfrutar perfectamente. Os animo a visitarlo, por supuesto. ¡Eih! Pensad que cuantas más personas con discapacidad les llegue, más obligados estarán ellos en adaptarlo todo.

¡No dejes que te cohíba el no ver!

Viajar es un camino de conocimientos construido diversión a diversión, ese recuerdo de por vida que formará parte para siempre de tu persona. Mientras tengas una mente consciente, unos sentidos que sientan, unas emociones que disfruten, tienes una vida que te lo va a agradecer.

¿Y a ti qué? ¿Te gusta viajar?

¿Estás de acuerdo en que los viajes son accesibles? ¿A qué rincón del mundo has ido / a cuál te gustaría ir?

 

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